miércoles, 10 de mayo de 2017

Jeff Buckley - Live à l'Olympia (2001): Crítica review


por Alberto Iniesta (@A_Maqueda_8)
del blog Discos





Un devastador tornado arrasando California. El rocío del amanecer sonriendo a las hojas. Tres puñetazos de tu mejor amigo por motivos no identificados. Crímenes perfectos. Es complicado definir el estilo de Jeff, porque su música es un variado cóctel de emociones que a veces explota, otras reposa esperando a un paladar que lo sepa saborear y no faltan las ocasiones en que duele, en que transmite una pena realmente enternecedora. Así es el bueno de Jeff, que en ningún momento notó la presión de ser hijo de un icono de la contracultura de los últimos 60 y principios de los 70. Es más, es uno de esos músicos que tiene nombre propio, lejos de ser “el hijo de tal o cual músico”.


Antes de ponernos a fondo con el disco, propongo un estúpido procedimiento: si el disco en cuestión consigue salvar un día de mierda, haciendo que pases a recordarlo por ese LP, entonces merece la pena. Este directo de Jeff Buckley, grabado en el verano del 95, pero que salió en el 2001 y que todavía no está en vinilo (debería estar castigado eso con la pena capital), ha pasado la prueba, y a continuación se explica por qué, solo si te atreves a leerlo, claro.




Es lunes por la noche. Agotado por una jornada entre agotadora, tediosa y con poco o nada de tiempo para disfrutar, llega la música para salvarte una vez más. Así es la canción que abre el álbum. Lover, you should’ve come over habla de una ruptura amorosa, pero si dejas que la voz de Jeff te envuelva, ves que siempre hay una canción al final del día: cause it’s not too late. Claro que no.

Martes por la mañana. Te levantas a duras penas. Sin ganas de seguir. Desayunas y piensas que lo peor ya ha pasado, y te entra una energía descomunal. Te comes el mundo. El viernes empieza a olerse a surcos de distancia. Suena Kick out the jams en una versión que no es, desde luego, la mejor que se ha hecho, pero sin duda deja un gran sabor de boca. Quizá la voz de Jeff, que tiene poco de furiosa, no termina de acompañar a unas guitarras que sí que ponen empeño destilando rock and roll.

Miércoles a mediodía. Decides que el mundo es tuyo, pero que todavía puede esperar. Necesitas una pausa, un poco de calma entre tanto estrés. Pero al mismo tiempo, una canción demasiado lenta podría ser letal. Por eso, es turno para That’s all I ask, que es idónea para sonar a mitad de semana. Es una de las mejores interpretaciones vocales del disco, arranca de menos a más y es sencillamente deliciosa.




Jueves, hora de comer. Sabes que el siguiente surco es el viernes, estás impaciente porque llegue, así que decides no pensarlo para que todo pase más rápido. Pobre idiota, no te lo consigues creer. El jueves es un gran día, pero no lo disfrutas porque lo mejor está por llegar. La canción que suena es Dream brother, pero no la disfrutas del todo pese a ser de las mejores porque estás con la cabeza pensando en la feria del disco de Madrid del fin de semana. El resultado: acordes perdidos.

Fin de semana: te pasas la mitad del fin de semana pensando lo rápido que se está pasando, y la otra mitad lamentando que ya se está acabando. Suenan canciones cojonudas: suena el rock poderoso de Eternal life, un disparo de adrenalina que activa al bicho humano más inerte, suena esa maravilla de versión de Hallelujah que eleva a Jeff a otra dimensión. Te lo has perdido todo. No lo has sabido valorar, y ya es lunes otra vez. La vida está llena de canciones y discos. Quizá deberíamos valorar lo que estemos escuchando a cada momento, en vez de pensar en lo siguiente que escucharemos. Jeff Buckley se nos fue demasiado pronto, pero nos quedan sus canciones para calentarnos el alma. Disfrutemos de cada una de ellas. Siempre, música.

Dream Brother



That’s all I ask



Hallelujah

ZR

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