ZEPPELIN ROCK: INVIERNO - Relato de Ángel Carrasco Sotos

viernes, 16 de octubre de 2026

INVIERNO - Relato de Ángel Carrasco Sotos

 


INVIERNO


Tu presencia asentía a cada cosa,

tu blanco estar allí, tu inabordable

reino, transfigurando el sueño en lejanías

Carlos Barral.


Entré en el aula asustado y a todos nos unía la congoja inexplicable que reflejaban nuestros rostros impávidos, nuestros movimientos lentos y desordenados. Lo indicaban, también, unas manos metidas en los bolsillos de la chaqueta vaquera como refugiándose del miedo (o es posible que solo fuese el gesto inequívoco de la espera tediosa, como una marca inevitable), unos brazos que sujetaban una carpeta llena de folios aún en blanco, la mirada perdida y tensa puesta en la escalera, en la pared aparentemente blanca del fondo, en el tablón de anuncios obsoletos y desgarrados del año pasado, unos ojos que se dejaban llevar vergonzosos hacia los rostros desconocidos de los otros, en los que nos encontrábamos repetidos, como unidos por una niebla espesa que nos balanceaba dentro de un mismo sueño.

Quizá esa misma mañana cruzamos alguna mirada, quizá nuestros pantalones llegaron a rozarse a la entrada del aula, cuando todos pasamos tras el primer profesor un tanto agrupados, o tal vez oí tu nombre por primera vez ese día, en el momento en que nos pasaron lista en el pasillo. Pero, en todo caso, sé que en aquellos momentos -hace ya tanto tiempo para los calendarios-, éramos tan solo dos anónimos, y el presente nos jugaba la mala pasada del desconocimiento, del encubrimiento de nuestros nombres que tanto repetiríamos luego llamándonos desde la lejanía y la incertidumbre del amor del otro, nuestros nombres que tantas veces susurraríamos más tarde en nuestros oídos en el anochecer de aquel paseo donde permanecimos de pie uno junto al otro un instante antes, sin saber cómo despedirnos, porque ninguno de los dos quería separarse del otro, y es por eso que acabamos besándonos como lo harían dos árboles si pudieran, con el ansia de dos enamorados de novela, revelándonos por fin al otro con palabras, contándonos mutuamente nuestro amor oculto y solo insinuado hasta entonces debido al miedo a un no, el miedo también a que una primera palabra pudiese resultar prematura o injusta; pero olvidándonos, al final, sencillamente, de las palabras: de las que nos servimos en aquella primera conversación cuando andábamos bajo los árboles y las cuales parecían un hilo irrompible porque ninguno de los dos quería decir la palabra adiós, de las últimas que incluso podrían haber parecido cursis si las hubiésemos oído a otros; nos olvidamos de todo, incluso de nuestra mirada al bajar los párpados para sentirnos más dentro, como si quisiésemos recrear algún sueño... y dejamos que fuese el cuerpo, los labios, quienes hablasen por nosotros.

Éramos demasiados en aquella clase llana, saturada de pupitres, y de humo ya en el primer descanso. Estoy seguro de que no te vi ese día, ni los días siguientes. Había grupos de chicas y chicos, sobre todo grupos de pelos bien peinados, pantalones nuevos, zapatos brillantes, rostros rapados y permanentes recién hechas, alguna corbata, jerséis rosas y amarillos, posturas ensayadas con el cigarro, poses, gestos vacuos, alguna mirada tensa hacia la ventana o el techo, o hacia las imágenes del recuerdo, sobre todo de los que veníamos de lejos y dejábamos algunos amigos en el pueblo, la familia, la casa, los hábitos, el trabajo duro del verano, y asimilábamos la lejanía a un pasado antiguo de hacía tan solo un día. Todo era nuevo para nosotros, para ti también, y esto fue probablemente lo que nos unió en un principio: la sustitución y el olvido obligatorio de rostros queridos, la búsqueda de un apoyo para afrontar aquel paso difícil sin temblores, aquella carga de imágenes nuevas que aparecieron ante nuestros ojos de manera irremisible esa primera mañana en que despertamos en una cama que no era la nuestra y alrededor aparecían detalles en la pared y fotografías irreconocibles. Recuerdo que me contaste que en uno de esos amaneceres, aunque la temperatura no era demasiado alta en esas fechas de principios de octubre, te levantaste totalmente mojada, por un sudor llegado probablemente de la angustia, y que habías observado que una manta fina seguía pegada a tu piel, que no habías sido capaz durante el sueño de la noche de deshacerte de esa manta, impedida por una quietud extraña, algo que no habías sentido antes, una enfermedad que se refugiaba en el estómago para hacerte tiritar. "Sentía como si la muerte hubiese escogido el estómago para ir actuando desde allí hasta anularme", me dijiste, con esas palabras casi ensayadas porque en verdad habías estado pensando mucho tiempo en ello. Es posible que solo yo hubiera podido descubrir en ti este secreto que tratabas de ocultar a los demás. Tu sonrisa me llegaba de manera muy distinta a la de los otros, tus silencios arrastrados durante largo tiempo tratando de ocultar tu nerviosismo o un acento extraño, tu mirada perdida en el paisaje de los aspersores mojando el césped del campus universitario.

Todo aquello que se amontonaba ante nuestros ojos acostumbrados a mirar el campo o una calle vacía flanqueada por casas encaladas, toda aquella gente, los edificios, los nuevos tonos de voz o simplemente tu espalda en la segunda fila de la clase, justo cuando un profesor trajeado te señalaba para que analizases una oración en latín y tú te aproximaste temblorosa con un pequeño cuaderno de cuadritos a la pizarra... todo este agolpamiento de imágenes que llenan mi memoria en silencio, como si se me hubiese vedado la posibilidad de oírte desde tu juventud o escuchar por un segundo al menos las voces disueltas en los pasillos llenos de palabras y de gritos; todo lo que llego a recordar de aquellos días ha llegado a formar parte de mi ser más íntimo, todo lo que parecía extraño a la mirada de aquellos ojos me acompaña en la vida junto con los otros paisajes del pueblo, la huerta donde mi padre sembraba los melones y los tomates, y desde donde se veía casi todo el pueblo extendiéndose a lo largo de la carretera... o cualquier calle, o cualquier vecino, o cualquier rostro diciéndote adiós o buenos días aun sin conocerlo. Todo me pareció importante, al fin, solo por el motivo de que formaba el marco en el que te movías ante mí. Aquellas imágenes nuevas eran el paisaje que traías tras de ti cuando te acercabas para besarme o para decirme cualquier cosa. Tú apareciste entre todo aquello con sigilo, saliendo poco a poco de la nada de tus silencios asombrosos, y fuiste creciendo en mi mente como un milagro o como un árbol en el secreto de mis noches urbanas. Al final fuiste tú sola dentro de mis ojos, que fueron trazándote bajo tus vestidos y desde tus palabras, dibujándote en tus gestos, hasta llegar a creer que siempre habías formado parte de mi memoria y de mi vida. Te seguí con la mirada desde cualquier mesa del bar de la facultad igual que desde cualquier rincón de la clase o desde cualquier banco del pasillo... y desde cualquier asiento de aquel cercanías que tomábamos juntos hasta la estación de Atocha por la que desaparecías a mis ojos por una escalera mecánica. Me fijaba en tus zapatos de cordones negros que te ponías con los dos o tres vestidos que te compraste aquí en Madrid, y en tu pelo suelto de color castaño que se balanceaba frente a tu rostro blanco con dos lunares.

Así surgiste tú entre todo aquello, fiel a lo que había sido mi vida hasta entonces, con tus movimientos naturales, tu risa entristecida por tu mirada aún llena de paisajes anteriores y que me recordaba los días de lluvia. Así apareciste, como ahora que me dicen que has muerto y tengo la sensación de que has venido a ocupar por unas horas con tu presencia todos los sitios de esta casa, interponiéndote desde el recuerdo a toda imagen llegada a los ojos desde el presente. Ahora llegas majestuosa, cuando ya te creía perdida en el olvido fraguado por tantas noches amontonadas, ahora vienes con tu cuerpo como me lo mostraste el primer día que decidimos, sin hablarlo, dormir juntos, con tu blancura salpicada de lunares, tu cuerpo que no puedo imaginar ya de otra manera pese a que los años se habrían arrastrado seguramente sobre él para envilecerlo, quizás porque cualquier arruga o deformación parecerían impensables en aquellos momentos en los que discurres por mi recuerdo, igual que no te puedo imaginar encanecida, igual que tampoco hubiera podido pensar que no rompieras tu silencio sobre mí en los últimos instantes de agonía para decir mi nombre -que sonaría de otra manera al salir por otros labios, curtidos por la vida-, para decir también que me informasen de que estabas muriendo, pero que no querías verme ya que deseabas recordarme de otra manera, como siempre lo has hecho en todos estos años a pesar de haber estado en brazos de otros hombres. Intento hacerte vivir, desesperadamente, mientras te invento de nuevo con el recuerdo; provoco con mi pensamiento que vuelvas a correr por los pasillos con aquel libro azul sobre tu pecho, y te veo llegar a mí y darme un beso y decirme que a las seis podemos quedar para tomar algo; te veo diciéndome te quiero con una voz que parece salir de un televisor, como puedo recordarte amándome, cuando ambos desconocíamos cómo se amaba, cómo se acariciaba un pecho o un hombro, cómo se podía desaparecer por unos segundos del presente con tan solo unirnos hasta sabernos vacíos de nosotros mismos. Aprendí contigo todo sobre el amor porque tú fuiste la primera que causó su llegada, pero también todo sobre el desprecio una vez que supe por tus cartas que me habías dejado por otro aunque aún querías ser amigo mío, decías. Fue el tiempo el que me hizo comprender todo aquello, sobre tu decisión de dejar de escribirme pues nuestra relación se hacía imposible por la lejanía y el tiempo eterno que pasábamos sin vernos.

Hoy recibo este telegrama que supone una llamada tuya desde la muerte, o desde el recuerdo en donde te reconozco, y las palabras que imagino saliendo de tu boca de ahogada agonizante me llegan casi como una puñalada, casi como un beso, como una disculpa o como la advertencia de que nunca me llegaste a olvidar y seguías desde Irlanda haciéndome vivir en las imágenes que los dos trazamos en el pasado para que nuestros ojos las grabasen con fuego para siempre. Hoy que enmudeces para los que te tuvieron cerca durante estos años de ausencia, vuelves a mí para hablarme desde el fantasma de tu nombre y de tu cuerpo pasado, hoy en que el frío exterior del invierno del tiempo ha empañado por completo los cristales de todas las ventanas de la casa y de mi alma como hecho adrede para que no pueda distraer mi pensamiento hacia cosas ajenas a lo que fue tu juventud ante mis ojos.

 ©Ángel Carrasco Sotos

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