[Os dejé en una publicación anterior el cuento de "La isla con Jimi" y hoy os presto este, que, según veo, fue un primer esbozo del anterior. Rebuscando entre mis papeles ha salido. Ni sabía de su existencia ni de que esto lo hubiese escrito yo en su momento. Pero ahí está y, efectivamente, parece el padre del anterior. Lo que sí recuerdo (y no he contado, aunque puede ser un falso recuerdo) es que después de llegar de juerga sabatina con los amigos me puse a ver el concierto de 1970 de Jimi Hendrix en la isla británica de Wight y la mezcla del alcohol con el vídeo del concierto (que me pareció estratosférico) nacieron estas palabras. En fin, que por aquí lo dejo archivado una vez que el tiempo airado va cubriendo poco a poco de nieve la "hermosa" cumbre].
JIM EN HOLLYWOOD
Llevo seis días sin comer, y hace justamente siete que dejé a
Carmen. He cerrado con llave la puerta de esta habitación construida entre
cuatro paredes totalmente blancas, para aislarme de todo sonido que pueda oler
a Humanidad. La mugre de las palabras lo invade todo, y aborrezco estar oyendo
día tras día los mismos comentarios. He llegado a un momento en que todo me
suena a rutina, y la rutina corrompe al hombre. Estar aguantando treinta y tres
años de mi vida para llegar a esto, para terminar acatando lo que quizá estaba
anunciado desde hace mucho tiempo, y es ahora que ha llegado el alucinógeno
como una catarsis definitiva. Tantos años tragándome el tic-tac de los
relojes... tantos años pensando en lo otro como comprendiendo, mirando y
entendiendo al mismo tiempo, como si todo fuese tan lógico, tan perfilado en
las penumbras. !Bah!, vino Jim y todo se fue al diablo, todo, hasta mamá y los
estudios, porque... Sí, fue Jim allí entre las luces del escenario quien me
descubrió... y mientras Carmen decía que estaba cansada, y yo embelesado,
soñando el humo, y los gestos de Jim, vámonos, esto es tan pesado, y yo casi
tiritando, con un nervio que me recorría hasta los pelos de las manos. Fue
cuando Jim dejó el micrófono y acudió a encender un cigarro, la música seguía
repitiendo los mismos acordes, continuamente los mismos acordes, y Jim a lo
suyo, dando calada tras calada, mientras el micrófono esperaba su boca para
concluir el tema, y los espectadores esperaban ver la cara ida de Jim y sus
ojos cerrados que eran los que verdaderamente cantaban, pues la voz de Jim era
voz de cráneo, y estoy cansada, y Jim acercándose, ya, y esboza un sonido de
voz cansada, cargada de diez años de resaca, o de borrachera, pues ambas se
confunden como en una inversión aguda, y es como un brote de llanto, porque Jim
llora, tan solo ahí arriba, ahí y aquí, en mí, susurrándome, y Carmen, suelto
su mano, dijo que solté su mano y cogí el autobús para olvidarla para siempre,
todos saltando allí, y al final todo era resultado de la droga, pero yo no, yo
había estado cenando en casa con las velitas por lo de Javier y los aplausos,
cuando descubrimos el regalo de Carmen, mío y de Carmen, el patín, Dios, y
ahora qué me dijo Jim, nada que tuviera que ver con el patín ni con las últimas
vacaciones en Acapulco, era luz, pero una luz negra más real que todos los
besitos de Carmen. Sí, todos enajenados, y termina el concierto, y sonrisas, y
comentarios, con las camitas calientes esperando, o el último vino, o mañana
nos vemos, como si nada se hubiese aprendido allí, como si Jim al final no
hubiese susurrado nada, nada entre el humo y su voz de cráneo, estoy cansada,
hasta que la dejé para siempre, le dije adiós, mirada de enfado, como si todo
se fuese a arreglar con un par de llamadas, como si la muerte de un hombre que
ha visto se comprase con algo. Mugre. ¿O es que no vieron todos que Jim no
estaba actuando, que rodaba por el escenario... nada han visto, y la noche, el
automóvil, la radio ahora, luego el sueño, la ciudad despierta, ¿es que valían
algo contra esto, algo contra esto, algo contra esto... Llevo seis días sin
comer. Duermo a veces y despierto a veces, con parsimonia, y otra vez está ahí
Jim en la oscuridad, mostrando las cartas boca arriba, mirándome, insinuando lo
que ya sueño continuamente, abriendo todo de par en par, por eso la dejé y cogí
el autobús, porque estoy cansada no cabía allí, en ese momento no cabía, el
silencio sí, y luego sin hablar decirlo todo con una despedida con los ojos
fijos en cualquier sitio, todo así callado, porque sólo merecíamos aquello,
pero no: estoy cansada, Carmen, Jim, eso. Y entre Carmen y Jim, entre el café
con leche y los pastelitos de los domingos y la muerte lenta desde esta cama me
quedo con Jim, con su voz retorciéndose en mi cerebro como un misticismo
extraño, como una luz sagrada que nada tenía que ver con el pelo recogido de
Carmen, nada con su vestido, nada con todo lo que había más allá de mí.

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