jueves, 20 de junio de 2019

"LOS PLATILLOS VOLADORES", de J. M. Díez Gómez: El primer libro sobre ovnis publicado en España


por ÁCS

Hace unas semanas me hice con esta pequeña joya de la ufología española. Se trata del primer libro sobre la materia ovni publicado en España (en realidad, un librito de 63 páginas). La edición, de 1950, corrió a cargo de la editorial Molino y su autor, J. M. Díez Gómez, era un escritor que, por aquellos años, publicó un buen puñado de obras de vario pelaje, muchas de ellas a través de esta editorial. 


Solo por la portada, ya valía la pena el hacerse con él. Su título, como veis, es Los platillos voladores. No se había utilizado aún el término ovni para denominar a estos objetos desconocidos que aparecían en el cielo y a los cuales no se les encontraba una explicación pues no se podían relacionar con nada conocido. Fue a raíz de ese primer avistamiento moderno, en 1947, cuando comenzó a utilizarse tal denominación. El norteamericano Kenneth Arnold observó desde su avioneta nueve objetos que, literalmente, "se movían como platos botando sobre el agua" y la prensa los convirtió de inmediato en esos "platillos voladores", "platillos volantes", "platos voladores", etc. (partiendo del inglés flying saucers), de modo que fueron estos nombres  los que poblaron la primera literatura sobre la materia.

Díez Gómez no era ni mucho menos un especialista en ufología (del inglés UFO: unidentified flying object), esa supuesta ciencia que comienza a interesarse y estudiar el fenómeno, aunque, en realidad, pocos eran los que merecerían esa denominación (algo pretenciosa) de ufólogos por aquellas fechas de incipiente indagación sobre tan peliagudo asunto. No era ufólogo Díez Gómez y conocía el asunto de primera mano, como le pasaba a la mayoría, sino a través de la prensa española, que ya iba publicando cositas que iban encandilando a numerosos lectores interesados, que pronto convirtiéronse, como por arte encantamiento, en legión. Y la afición dio lugar al nacimiento de nuevos nombres y nuevas obras de pretendidos (o no) especialistas que enfocaron la cuestión desde posiciones más técnicas y desde un conocimiento más profundo de la materia. En EE.UU. se encendió la llama y pronto el fuego se propagó a pasos de gigante por todo el orbe. También -o sobre todo- por nuestra vieja Europa y, por ende, por nuestra viejuna y ajada piel de toro.


Índice del libro.


A J. M. Díez Gómez se le ha marginado un tanto en los catálogos de bibliografía ufológica hispana y solo se le menciona como una simple curiosidad. Quizá peca de un estilo demasiado florido, que es el que utilizaría el autor para sus novelas, como también de un tufillo religioso (como dice Ignacio Cabria en Entre ufólogos...) muy propio del contexto cultural en que se publica, plena dictadura franquista con la Iglesia dirigiendo las conciencias del personal.

Pero quisiera yo recalcar, desde mi humilde condición de aprendiz y lector aficionado, la valía de esta obra. Creo que esta reside no en ese estilo algo empalagoso a veces (Dios me libre) del que se sirve el autor, como tampoco en algunas ideas muy suyas (aunque no olvidemos la censura de la época y ese ambiente cultural conventual que presidía todo), que también se atreve Díez Gómez a opinar, y por extenso, de todo lo que se le cruza en el camino referente a cuestiones platillerescas y aledañas. 

Por el contrario, creo que su importancia está no solo en la ironía (entiendo) que se esconde tras sus asertos, sino en el hecho de hacerse eco de todas las cuestiones abiertas en torno al fenómeno, que, por supuesto, llenaban páginas en los rotativos internacionales (y también españoles, pese a todo): la realidad de los discos, la tesis extraterrestre (tan de modo hasta los 80, prácticamente, y todavía colea), los peligros (o bondades) de esta tesis de ser cierta, la procedencia de las naves (y Marte -aunque también Venus y la Luna- como principal candidato), la fisionomía y características morales de los alienígenas, cómo queda el cristianismo en esta tesitura, la tesis de los platillos como arma secreta (muy en voga también), etc., etc. De todo opina Díez Gómez. A veces hasta hacernos reír. Y a mandíbula batiente en ocasiones ("¿hablará en serio este hombre o es simple ironía?", nos preguntamos una y otra vez.


No me resisto, por tanto, a poneros un ejemplo que me causó especial gracia. Está incluido en el capítulo VIII, que el autor titula "Amores y fantasías". 

Anda a vueltas el autor con la perfección moral a la que debe haber llegado la tan evolucionada especie marciana, y no duda en que el amor ha de inundar el ser entero de estos individuos de inmensa y exquisita sensibilidad, quienes, por tanto, han de ser conocedores absolutos de la belleza. "El placer para ellos se ha difundido por todos los centros nerviosos y cualquier suceso lleno de belleza, cualquier contemplación que roce las esferas de la eternidad, producirá en ellos un éxtasis dulce y suave, de abstracción, de intento de identificación con el Bien absoluto". Y sigue: "Todo lo bello ha de conmoverlos y todo lo malvado, como la fealdad, ha de entristecerlos, invitándolos a repudiarlo".

Pero, al hilo de lo anterior, vayamos al siguiente párrafo, con el que concluye el capítulo. No os perdáis ni un detalle. Así reza:

"Claro es que, teniendo en cuenta la descripción que he hecho antes de un ser de aquel planeta [se refiere, claro, a Marte], ha representado ante nuestra vista imaginativa su fisonomía, que no tiene nada de bonita. Mas debe tenerse presente que la belleza, salvo la belleza absoluta, es una cuestión de apreciación personal. Ya se sabe que, si no fuese así, las feas no se casarían nunca, lo que, afortunadamente para estas, no sucede" [el subrayado es mío].

Para enmarcar, ¿no os parece? Pero continuemos con la lectura después de echar unas risas (no precisamente apagadas):

"Y, por otra parte, no es en el aspecto exterior donde el Hombre, el ser exquisitamente espiritual, debe buscar lo bello, sino en la expresión del alma, ya que por conformación tendemos a la espiritualidad. ¿Qué importa que una marcianita tenga los ojos un poco menos saltones que una langosta, si la bondad y la arrolladora simpatía que despréndese de ella como un halo de luz nos hace felices? El marciano la admira, la ama, siente éxtasis ante ella comprendiendo la bondad de sus sentimientos, la perfección de los pensamientos que elabora continuamente. La unión matrimonial que pretende realizar con ella, por este motivo, no busca tanto el placer carnal como el nirvana que resultara de la conjunción de sus almas que mirarán, ya por siempre, a un fin común".

Mucha ironía en estos textos a mi entender. Pero poco rigor ufológico. ¿Pero -me pregunto- de qué ha servido ese rigor cuando hoy en día casi seguimos estando en el punto de partida? Siempre se ha criticado desde la orilla ufológica que los científicos se negaran a tomar cartas en el asunto. Pero la realidad es que la ciencia no sabía por dónde coger un pez tan escurridizo. Era mejor negarlo todo e irse de cañas a seguir comadreando con Newton. En fin, un brindis por J. M. Díez Gómez y por sus humoradas ufológicas.




Contraportada del libro.


La primera página del libro.


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