martes, 18 de junio de 2019

Crítica de "Los hombres que caminan sobre la cola del tigre" (Akira Kurosawa, 1945): Reseña


por Möbius el Crononauta



Tenemos que pensar en un Japón atenazado y asolado por la guerra, en la que los menos fanáticos esperaban con angustia una derrota segura. Era entonces cuando Akira Kurosawa proseguía con una carrera tras un debut que apuntaba buenos momentos, tendencia que se confirmó con su segundo film, La más bella. Sin embargo con La nueva leyenda del gran Judo, una secuela de su debut rodada a regañadientes, el director daba un paso atrás en su carrera. El film quedó lastrado por un guión pobre, una producción paupérrima y un antiamericanismo mucho más marcado que en cualquier otro trabajo de guerra de Kurosawa, aunque el ataque al enemigo de Japón quedaba muy lejos de las parodias crueles que en Hollywood se hacía de los japoneses.



Al fiasco de La nueva leyenda del gran Judo le siguió un momento feliz: Kurosawa contrajo matrimonio con la actriz Yôko Yaguchi, que había trabajado con el director en La más bella (Yaguchi es la presidenta del grupo de trabajadoras). Dicen que las peleas entre Kurosawa y Yaguchi durante el rodaje fueron constantes, y que un amigo le aconsejó que aquella mujer era justo lo que necesitaba. Fue una relación rápida, y Kurosawa describió años después su pedida de mano con más bien poco romanticismo, hablándole a Yaguchi de que si llegaba la Honorable Muerte de los Cien Millones (esto es, si Japón perdía la guerra, todo el país debía suicidarse en nombre de su emperador), sería interesante haber probado antes eso del matrimonio. Probablemente la cosa fue bastante más convencional de lo que a Kurosawa le habría gustado, pero tenía que mantener su imagen de "el Emperador". Como síntoma del Japón en el que vivían, al día siguiente de la boda un incendio en la casa de Kurosawa destruyó las fotos y todos los demás recuerdos del enlace. Otro reflejo de la sociedad nipona de entonces fue que tras la boda Yaguchi se retiró del cine para ejercer sus funciones de ama de casa.




Cuando su proyecto de un drama histórico se vino abajo por la falta de presupuesto (el estudio ni siquiera podía conseguir caballos), y que en parte se convertiría años más tarde en Kagemusha, Kurosawa buscó en seguida algo más barato que poder rodar. Encontró su historia en una vieja anécdota histórica que se había llevado al teatro kabuki y al teatro Noh. Kurosawa tomó cosas de las dos obras para elaborar su guión.

El rodaje de Los hombres que caminan sobre la cola del tigre fue bastante difícil. Apenas si pudieron rodarse exteriores, y la mayoría del film transcurre en decorados que simulan bosques y otros espacios abiertos. La luz se cortaba cada dos por tres a causa de los bombardeos, y las células energéticas tenían tan poco potencia que muchas veces no se podían rodar planos con varios personajes a la vez por culpa de la débil iluminación. Aparte de las restricciones de comida que provocaban desmayos y agotamiento en el equipo. Durante el rodaje de la película estallaron las bombas atómicas, y cierto día de agosto Kurosawa y el resto del equipo fueron llamados por los directivos de la Toho para oír la radio. Por primera vez escuchaban la voz de su emperador, anunciando la rendición de Japón. Tras la rendición comenzó la ocupación norteamericana, y por el rodaje comenzaron a pasarse muchos marinos norteamericanos. Un día visitó el plató nada más y nada menos que John Ford, a quien Kurosawa admiraba mucho, pero el director nipón no cayó en la cuenta hasta varios años más tarde, cuando coincidió con Ford en algún evento cinematográfico.




Con una producción tan pobre Kurosawa no pudo hacer muchos malabarismos técnicos, pero si por algo destaca Los hombres que caminan sobre la cola del tigre es sobretodo por las interpretaciones de los actores, sobre quienes recayó el peso de la película. Varios de los intérpretes eran ya habituales en las películas de Kurosawa, como Susumu Fujita, Denjiro Okochi o Takashi Shimura, aunque en esta ocasión fue Okochi quien más destacó, junto al cómico Enoken, que aportó ligereza al film con su papel de un porteador y guía que desde su aprecio a la vida (comparado con el resto de los personajes, que son guerreros disfrazados) ayuda a los falsos monjes a proseguir el camino con alguna que otra argucia. En cierto modo en el film Enoken podría ser considerado como una especie de C3PO.




Aún limitado por la producción y el rodaje en estudio, Kurosawa logró, mediante los posicionamientos de la cámara y el montaje, evitar la sensación de teatralidad, logrando en gran parte de la película que el espectador no se crea sentado frente a un decorado pintado, que en definitiva es el horizonte que se ve en el 99% del film. Aunque seamos conscientes en todo momento de lo artificioso del paisaje, Kurosawa logra crear mediante una sutil técnica una falsa sensación de perspectiva y falsos campos abiertos. El principal triunfo de Kurosawa en Los hombres que caminan sobre la cola del tigre es, precisamente, el evitarle al espectador la continua sensación de estar ante el escenario de un teatro.

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