martes, 23 de abril de 2019

Crítica de la película "Robot Monster" (Phil Tucker, 1953): Review


por Möbius el Crononauta



Así la anunciaba la la publicidad de la época: Robot Monster (1953)
The child is impertinent. Ro-Man haciendo gala de su mente alienígena superior.
Adventures Into The Future in New TRU-3 Dimension.
Incredible! Unbelievable! Told The Untamed Way! 

¿Pero qué demonios era el Tru-3 Dimension? Seguramente una máquina de hacer palomitas que tenían allí. ¿Quién sabe?).  Os juro por mis antepasados que la última frase es una descripción veraz de lo que se puede encontrar uno al ver Robot Monster. Porque sí, es increíble, y desde luego, ¡está contada como les salió al ¿guionista? y al ¿director? de sus respectivos pares de meteoros!




Existe gente que nunca me entenderá (en las reuniones caseras de amigotes mis propuestas de ver ciencia ficción 50s de Serie B suelen ser tomadas con escepticismo, por decirlo suavemente, aunque de vez en cuando logro salirme con la mía, ¡y sé que en el fondo los escépticos acaban disfrutando!), pero creo sinceramente que ver películas como Robot Monster es un ejercicio de inocente ilusión y sano entretenimiento, ideal para ser visto en grupo. Y bueno, pese a quien pese, la modernidad de esta clase de películas baratas es incuestionable. A tipos como Phil Tucker y Wyott Ordung (¿soy yo, o los nombres ya suenan a caradura de lejos?) no les hacía falta firmar ningún Dogma para reinventarse (leyendo entre líneas, cagarse en) las reglas cinematográficas de siempre, les bastaba con poner una nave espacial de juguete que se acerca a la Tierra manejada por una mano humana (¡que sale en pantalla! ¡bah! ¡Da igual! ¡A positivar! ¡Viva el espíritu de Ed Wood!) o llevar a la pantalla un guion que parece escrito por un chimpancé oligofrénico empapado en aguardiente de plátano. ¿Y qué decir del concepto del alienígena? ¡Un puto gorila con escafandra! Hicieron falta veinticinco años y el genio de H. R. Giger para ver en pantalla algo tan espeluznante.




En fin, todo en Robot Monster es simple, y el argumento no es precisamente una novela de Dostoievski. La Tierra es devastada y... pero un momento, vayamos paso a paso. Lo de la devastación de la Tierra tiene guasa. No sé, en realidad hay demasiados momentos de confusión en esta película, y la cerveza no ayuda. Pero juraría que la devastación de la humanidad consiste en una poética metáfora visual, digna de Orson Welles: ¡un par de dinosaurios (bueno, un par de lagartos con prótesis pegadas) luchando! Sí, amigos, right there, out of the blue! Algunos envidiosos incapaces de soñar una escena tan rompedora lo llamarían reciclaje de película y escenas sobrantes de otros films, pero yo lo llamo pura y absoluta genialidad, delirio cinematográfico y paroxismo narrativo. ¡Por Dios, vaya carnaval de emociones! Y cuando crees que tu mandíbula no podría arrastrarse más por el suelo, ¡aparecen un par de triceratops dándose cornadas! Holy shit! ¿Es o no es eso espectáculo? ¡Me río yo de Avatar! ¡No, espera! Lo malo es que con los bichos azules no me río nada, ¡pero lo de los triceratops es el cagalse! Robot Monster, amigos, cinema verité en su máxima expresión.




¡En fin, analizar escena por escena la película daría para un libro entero. ¿Qué digo libro? ¡Daría para un par de folletos turísticos! Qué decir de la relación de Ro-Man con su jefe, enfundado también en otro traje de gorila con casco (¿dije otro? ¡ay, amigos! ¿no os dije que soy un inocentón?), y que apenas guipa los cutrísimos controles que tiene que accionar. Y el plan maestro para acabar con los seis últimos supervivientes de la humanidad (una cochambrosa familia que se ha construido una especie de bunker-chabola en mitad de un valle pedregoso) es digno de Aníbal: ¡humanos, salid, que os mataremos sin dolor! Y el pobre Ro-Man que no consigue dar con ellos, aunque de la impresión todo el rato de que la familia vive al doblar la esquina de la cueva donde el gorila del espacio tiene sus extrañas máquinas de risión masiva.




¿Y qué decir de la familia? El guaperas (es un decir) que se pasa casi toda la peli descamisado, ignorando el peligro y con una idea fija en la mente: calzarse a la tontísima hija de la familia. El niño impertinente, certeramente descrito por Ro-Man, y el padre científico que al perder a la hija pequeña no tarda ni dos segundos en decir eso de "el muerto al hoyo y el vivo al bollo". Y esa bonita escena de picnic, con el mantel de cuadros extendido sobre un paraje desértico lleno de rocas y piedras. ¡Maldita sea! Tal vez la civilización ya no exista, pero eso no es motivo para no salir a comer fuera, en familia.




Vamos, lo dicho, podría escribir párrafos y más párrafos sobre Robot Monster (por ejemplo, el final sorpresivo, un espejo en el que se han mirado desde entonces muchos guionistas vagos), pero nada de lo que diga podría siquiera describir el grado de enajenación fílmica que se respira durante toda la película. Lo mejor es que os sentéis con vuestras palomitas, cervezas y refrescos frente al televisor, y os dejéis llevar por la fascinante historia del gorila alienígena y la adorable familia de cernícalos. Quedaos con los matices interpretativos de George Barrows (uno de esos expertos actores con disfraz de gorila) enfundado en su traje, y, sobre todo, ¡no os olvidéis de disfrutar con la impagable Billion Bubble Machine! Una revolución técnica que sin duda abrió camino a la Industrial Light & Magic.




Por cierto, impagables también los rumores que rodean a esta película, como ese que cuenta que tras la malísima recepción de esta película (no entiendo por qué), el director, Phil Tucker, trató de suicidarse pegándose un tiro. Pero claro, como no podía ser de otra manera, ¡falló!

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